Lo que ocurre en las redes también entra en el aula

Las redes sociales forman parte de la vida cotidiana de adolescentes y jóvenes. En ellas se relacionan, construyen su identidad, comparten experiencias, buscan referentes y viven buena parte de sus relaciones afectivas. Sin embargo, estos espacios también reproducen desigualdades, formas de control y violencias que muchas veces permanecen invisibles para las personas adultas. Para conocer mejor esta realidad, Nazioarteko Elkartasuna–Solidaridad Internacional, con la colaboración de Proyecto Social Emargi, ha desarrollado el estudio «Relación entre la masculinidad y la violencia sexual en entornos digitales». La investigación ha contado con la participación de 411 alumnas y alumnos de entre 13 y 16 años y 54 docentes de cinco centros educativos de Euskadi: Berrio Otxoa Ikastetxea, Uribe Kosta BHI, Ander Deuna Ikastola, Muskiz BHI y Arratia BHI.

Una realidad más cercana de lo que parece

Uno de los resultados más significativos es que el 62,8 % del alumnado afirma haber visto o escuchado casos de violencia digital en su centro educativo. Este dato muestra que no estamos ante hechos excepcionales o alejados de la realidad escolar. Son situaciones conocidas por una parte importante del alumnado y que influyen en la convivencia, aunque se produzcan fuera del aula o mediante dispositivos personales.

Entre las conductas identificadas aparecen los insultos y burlas en redes o chats, la difusión de rumores, el acoso reiterado, los mensajes sexuales no solicitados y la circulación de imágenes íntimas sin consentimiento.

El 21,5 % del alumnado declara haber sufrido violencia digital en el contexto escolar, y las mujeres representan el 61 % de quienes se identifican como víctimas. La violencia digital afecta a todo el alumnado, pero lo hace de manera desigual y tiene un impacto especialmente grave sobre las chicas y las personas LGTB+.

Cuando el control se confunde con el amor

La investigación también analiza determinadas prácticas de vigilancia dentro de las relaciones afectivas.

Un 30 % del alumnado conoce casos en los que chicos controlan las redes sociales, los contactos o las publicaciones de sus parejas. La exigencia de contraseñas, la revisión del teléfono móvil sin permiso, el control de las redes sociales o el uso de aplicaciones de vigilancia son prácticas ampliamente reconocidas por las personas participantes.

Estas conductas pueden presentarse como muestras de preocupación, confianza o amor, aunque en realidad vulneran la intimidad y la autonomía de la otra persona. Por ello, resulta fundamental trabajar con el alumnado el consentimiento digital, el respeto a la privacidad, el derecho a la propia imagen y la construcción de relaciones libres de control.

La prevención no puede reducirse a aconsejar que se utilicen contraseñas seguras o que no se compartan imágenes. También debe ayudar a comprender las relaciones de poder, los mandatos de género y los modelos de masculinidad que pueden legitimar la vigilancia, la presión o la exposición pública de la intimidad.

Muchas situaciones no llegan al centro educativo

Existe una distancia importante entre lo que sucede en los espacios digitales del alumnado y la información que recibe el profesorado.

Ante un caso de acoso sexual o difusión no consentida de imágenes íntimas, el alumnado acudiría principalmente a sus amistades o a su familia. Solo un 28,3 % recurriría al profesorado o al centro educativo.

Además, el 45,6 % afirma no conocer el protocolo de actuación de su centro y el 62,2 % señala que no ha recibido información sobre qué hacer ante una situación de violencia digital. Más de la mitad considera que no se realizan suficientes acciones preventivas.

Esto no significa que los centros permanezcan inactivos. Muchas situaciones se desarrollan en canales informales y solo se hacen visibles cuando se convierten en un conflicto grave, una denuncia o una situación que afecta directamente a la convivencia escolar.

Para intervenir a tiempo, el alumnado necesita saber a quién acudir, qué ocurrirá después de pedir ayuda y qué medidas se adoptarán para proteger su intimidad y evitar nuevas exposiciones.

El profesorado necesita herramientas prácticas

El profesorado reconoce la importancia de trabajar estas cuestiones desde los propios centros, pero también expresa dudas y limitaciones.

Una de sus principales preocupaciones es cómo desarrollar la prevención de la violencia sexual digital con el alumnado antes de que se produzcan situaciones graves. Demanda herramientas para hablar sobre consentimiento, intimidad, envío de imágenes, control en las relaciones, presión grupal y uso responsable de las redes.

El 82,4 % del profesorado participante manifiesta interés en recibir formación específica sobre violencia digital, género y redes sociales. Entre las medidas consideradas más útiles se encuentran las campañas de prevención, la formación docente sobre cómo actuar y la realización de talleres con el alumnado.

La existencia de protocolos es importante, pero estos documentos deben ser conocidos, comprensibles y aplicables. También deben ir acompañados de formación, coordinación interna y recursos especializados.

Prevenir, escuchar y actuar

El estudio plantea que la prevención debe integrarse en el funcionamiento habitual de los centros: en las tutorías, los planes de convivencia, la coeducación, la educación afectivo-sexual y la ciudadanía digital.

No puede depender únicamente de una charla puntual ni activarse exclusivamente cuando ya se ha producido el daño. Debe ser un proceso continuado, adaptado a las distintas edades y conectado con las experiencias reales del alumnado.

También es necesario nombrar claramente las distintas formas de violencia sexual digital, crear canales seguros para pedir ayuda, formar al profesorado, implicar a las familias y utilizar metodologías participativas que permitan analizar casos, debatir y ensayar respuestas.

Las redes sociales no son una realidad separada de la escuela. Lo que ocurre en ellas afecta al bienestar, las relaciones y la convivencia del alumnado. Por eso, educar para un entorno digital seguro implica escuchar, acompañar, prevenir y construir colectivamente relaciones basadas en el respeto, la igualdad, el consentimiento y la protección de los derechos humanos.